por Oscar Córdoba Mascali

 De distintas manera intenté escribir este artículo. Me cuesta mucho y siento pesar. Quisiera poder concebir un formato apropiado. Pero, solo logro fragmentos, partes. Entonces, me doy cuenta que es justamente lo que somos: partes,  fragmentos de una sociedad en la que por diversas razones, pero fundamentalmente, por una ética del dinero -y del consumo- nos miramos sin reconocernos, o mejor: reconociendo al otro como un posible rival. Estamos enajenados, somos todos posibles monstruos.

 La multitud en silencio pasa frente a la Catedral. En la peatonal Rivadavia, los cafés llenos de adolescentes que miran, con los ojos despreocupados de la edad, a los cientos que llevan carteles y rostros consternados. Los empleados de los negocios arracimados en las puertas miran y hay también dolor en sus caras. No charlan entre ellos, sino que respetuosos guardan silencio.

 El miércoles 22 de marzo  oficialmente comenzó la búsqueda de Florencia. Se encontró su mochila en un descampado cerca de la escuela Rosario Simón de la cual era alumna.

 Algunas personas que ven pasar a la gente con carteles se unen a la marcha. No son muchos. Tampoco es común que se adhieran a una manifestación de esa manera. Graciela González, presidenta de la Asociación Madres del Dolor, se ubica en la vereda del edificio del Poder Judicial de San Luis y comienza con la voz quebrada un discurso atravesado por la palabra justicia. Pide que todos le den la espalda al edificio. Que todos le den la espalda al sistema judicial. Que todos le den la espalda, como el sistema lo hace con la sociedad.

 La noche del jueves me invitan a comer un asado para ver el partido Argentina- Chile. Llego a las ocho y media de la tarde. Un amigo me abre el portón y cuando desciendo del auto me dice sin contextualizar, casi como un disparo: “la encontraron en Saladillo…muerta”. Me abraza. El abrazo ya no es un saludo, se extiende y siento que nos arden los ojos. De la casa sale su hija de 13 años y yo pienso en la mía de dos. Me siento desolado.

 La multitud continúa por calle San Martín de regreso a la plaza Independencia. En un tramo un hombre con una gorra con la bandera de Cuba increpa a una mujer. Ella responde a los gritos y entre lágrimas, él habla bajo y enojado. El pelado alto y con barba que va en el medio de la column, le grita ¡tomátela imbécil! Y el tipo lo mira y se va de repente. La muje, casi sin aire sigue llorando. Otra la abraza y ambas se unen a los cánticos.

 

El informe del forense es demoledor. La violaron de todas las maneras posibles y luego la ahorcaron. También, hay un dato estremecedor. Había huellas de otras violaciones anteriores. Todo apunta a su padrastro, Lucas Gómez. Me quedo sin palabras al pensarlo, Gómez en el momento del asesinato de Florencia se convertía en padre nuevamente ya que su mujer – y madre de Florencia - estaba dando a luz.

 

Finalmente, la marcha confluye en la plaza. En el centro está todo dispuesto para el acto del 24 de Marzo. El monumento a Juan Pascual Pringles está rodeado de carteles que dice en grandes letras “Son 30.000” “Lucha y luto” “Todos somos Florencia”.

 

La sociedad tiene un mecanismo o una parte de sí que permanece latente. Es una energía en cada uno de sus miembros que solo necesita activarse. Tal vez, sea necesario hablar de un posible gen en el ADN de cada ser humano. No lo sé. Lo he visto activarse y es devastador. Cada cierto tiempo sucede en algunos de nosotros. Es el gen que nos convierte en monstruos.

por Oscar Córdoba Mascali

Revista equis

 
 
 
 

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