Para descubrir al asesino de una nena de 13 años, la Justicia italiana invirtió casi tres millones de euros. Un trabajo paciente y responsable dio con el autor, al que le acaban de ratificar la prisión perpetua.

El femicidio que se esclareció con 14 mil ADN

Por Marina Artusa

Como si existiera un modo de aferrarse al descampado en el que se está de-sangrando, Yara Gambirasio, desesperada de dolor, arranca con la mano derecha un puñado de pasto que se convertirá, junto con sus zapatillas All Stars negras embarradas, las calzas de gimnasia y la ropa interior desgarrada, en la cartografía de un crimen atroz.

Yara tiene 13 años y brackets en los dientes de arriba. Su pasión es la gimnasia rítmica, disciplina que practica los lunes y los miércoles, de 15.30 a 18, en el polideportivo de via Locatelli, a siete cuadras de su casa de Brembate di Sopra, una ciudad de 7.800 habitantes de la provincia italiana de Bérgamo, en Lombardía. Brembate es conocida por sus termas y, desde el 26 de noviembre de 2010, por el tan inexplicable como cruel asesinato de Yara, cuyo caso ha sido paradigmático en la historia policial: la investigación para esclarecer el homicidio de la nena incluyó el análisis de 14 mil perfiles genéticos y un gasto de 2.850.000 euros.

En 2014 fue detenido Massimo Giuseppe Bossetti, un albañil de 43 años, único acusado por el crimen y condenado a prisión perpetua. El proceso en primer grado comenzó el 3 de julio de 2015 y, luego de un año y 45 audiencias, concluyó con la condena a perpetua en julio de 2016. Hace semanas, la corte de apelaciones de Brescia confirmó la sentencia impuesta a Bossetti, quien seguirá en prisión.

Desaparición y misterio. Aquel viernes de 2010, Yara Gambirasio, la segunda de cuatro hermanos –eran Keba, Yara, Gioele y Natan, todos hinchas del Milan–, había salido de la escuela media Maria Regina de Bérgamo a las 13.30. Almorzó en casa pescado con arvejas y, aunque no le tocaba entrenar, le dijo a su mamá que iría hasta el gimnasio a prestarle un grabador a su profesora. Había gran expectativa por la exhibición que Yara y sus compañeras darían el domingo y querían grabarlo todo.

Las cámaras de seguridad vecinas filmaron a Yara cuando salía de su casa. Llegó al gimnasio, entregó el grabador y se quedó a ver el entrenamiento de las nenas más chiquitas. Entre las 18.25 y las 18.44 intercambió tres mensajes de texto con una amiga y le dijo a otra que debía volver a casa. A las 19.11 su celular se apagó para siempre. Intranquilos por la ausencia de la nena y la no respuesta a sus llamados, Maura Panarese y Fulvio Gambirasio, sus padres, denunciaron la desaparición de Yara. Eran las 20.30 de ese viernes.

 

Yara Gambirasio era gimnasta.

Nadie volvió a verla viva. Su cuerpo, cortajeado y devorado por el abandono, fue hallado tres meses después –la tarde del 26 de febrero de 2011– en un campo de Chignolo d’Isola, a diez kilómetros de Brembate. Lo encontró Ilario Scotti, un vecino apasionado por los avioncitos a control remoto. Buscando un aeroplano a telecomando que se le había perdido entre unos pastizales, halló el cuerpo de la nena, carcomido y desfigurado por la intemperie.

Había sido golpeada en la cabeza y herida, con simetría y saña, en el cuello, en el tórax, en la espalda, en las muñecas. No se pudo comprobar si hubo sexo consumado, pero tenía el corpiño desabrochado y la bombacha, tajeada. Las pericias determinarían que Yara Gambirasio padeció golpes, cortes de cuchillo y murió de frío. De frío y abandono.

Cuando el cuerpo fue encontrado, la nena apretaba en un puño unos pastos arrancados, “posiblemente fruto de un gesto involuntario, un espasmo terminal”, según la anatomopatóloga forense Cristina Cattaneo. Debajo de su cabeza, reclinada hacia la izquierda, había una hoja que coincide con el follaje del lugar. Llevaba puestas, embarradas y con los cordones desatados, sus All Stars negras con corderito adentro.

 

Sobre la ropa que llevaba, se hallaron rastros de sangre que no pertenecían a la nena. Se obtuvieron de ellos 294 muestras, de las cuales 52 provenían de su ropa interior. En 16 de esas tomas se detectó un perfil genético masculino, al que los forenses denominaron “Ignoto 1”

Fueron convocados para las primeras pericias todos los que habían tenido contacto con Yara los días previos a su desaparición. También se tomaron muestras de sangre de quienes iban al gimnasio en el que ella entrenaba, de los trabajadores de una obra cercana y de los que iban a la discoteca que estaba a pocos metros de donde fue encontrado el cuerpo. Así, los investigadores llegaron a un hombre llamado Damiano Guerinoni, cuyo ADN era parcialmente compatible con el de “Ignoto 1”. Pusieron el foco en su familia y de esta manera surgió una compatibilidad genética mucho mayor en tres primos del sospechoso, hermanos entre sí, aunque en ningún caso la evidencia era contundente. El dueño de la sangre hallada en la ropa de Yara debía de ser algún Guerinoni, ¿pero cuál?

Las pruebas genéticas detectaron que Bossetti no era hijo biológico de quien figuraba como su padre.

Ciencia y paciencia. El siguiente paso conducía a Giuseppe, el padre de los hermanos Guerinoni, pero éste había muerto en 1999. Se trataba de un colectivero de la provincia de Bérgamo, al que algunos compañeros de trabajo recordaban como un “casanova”. Primero se obtuvo una muestra de su saliva detrás de una estampilla pegada en su registro de conducir. Y ante el resultado auspicioso, se decretó la exhumación del cuerpo para cotejar mejor su perfil genético.

 

El resultado fue que la sangre hallada en la calza de Yara era de un hijo de Giuseppe Guerinoni, pero no de los hijos que había tenido con su esposa de toda la vida. Durante meses, entonces, fueron interrogados amigos, conocidos y hasta personas que solían tomar el ómnibus que manejaba Guerinoni. Se realizaron centenares de exámenes de ADN a mujeres casadas y a madres solteras. Así se dio con Ester Arzuffi, de 67 años, quien se había casado en 1966 con Giovanni Bossetti y se había ido a vivir a otra localidad de la zona.

Massimo Bossetti, el asesino

En 1970, luego de una relación con el colectivero, Ester había quedado embarazada de gemelos. El varón fue bautizado Massimo Giuseppe, como su padre biológico. Massimo Giuseppe Bossetti era un albañil de Mapello, padre de tres hijos y casado con una bella mujer. Un hombre sin antecedentes y respetado por sus vecinos.

La trama se cierra. A partir de esta revelación, se comprobó que el celular de Bossetti había estado activo en la misma zona donde se hallaba la nena el 26 de noviembre de 2010, y que su camioneta había sido captada cerca del gimnasio de Yara. El tapizado del vehículo presentaba la misma contaminación de partículas de cal y metales que la autopsia había hallado en las vías respiratorias del cuerpo de Yara.

En el cadáver de la chica se encontraron también hebras textiles que coincidían con la tela de los asientos del utilitario de Bossetti. Se estudió a otros cuatro mil del mismo modelo vendidos en la zona para chequear también cuántas unidades podían tener el mismo tapizado. Reunidas todas las pruebas, era preciso obtener una muestra genética del sospechoso. Se fingió así un control de alcoholemia que detuvo la camioneta que manejaba Bossetti. El albañil accedió al control y dejó así restos de saliva que sirvieron para analizar su ADN.

El 16 de junio del 2014, Massimo Giuseppe Bossetti fue detenido mientras trabajaba en una obra en Dalmine, siempre en la provincia de Bérgamo. “Estimada en siete millones de personas la población mundial, para encontrar otro individuo, además de Massimo Bossetti, con las mismas características genéticas, serían necesarios ciento treinta millones de mundos iguales al nuestro, es decir un número de personas netamente superior no sólo a la población mundial actual sino también a una jamás vista en los albores de la humanidad”, señalaron el año pasado los jueces de la corte de Bérgamo en su fallo de 158 páginas y 27 capítulos que condenó a Bossetti a prisión perpetua.

Se cotejó el tapizado de la camioneta de Bossetti con los de otros 4.000 vehículos similares.

Hace unas semanas, el 17 de julio, la corte de apelaciones de Brescia confirmó la sentencia. “Es un caso testigo por el modo en el que se llevó adelante la investigación”, dijo a Viva Andrea Pezzotta, uno de los abogados que representan los intereses de la familia Gambirasio, que ha hecho una demanda civil por 3.200.000 euros.

El hoy del caso. Bossetti siempre negó ser responsable del asesinato de Yara. “Soy víctima del mayor error judicial de la historia –dijo hace semanas–.Yara podría ser mi hija, la hija de todos nosotros. Ni siquiera un animal hubiera usado tanta crueldad.” Su madre, doña Ester, sigue sin aceptar públicamente su affaire con el colectivero. No se sabe si el condenado por el crimen de Yara sabía que su verdadero padre no era el señor que lo crió.

Los Gambirasio, por su parte, intentan llevar adelante algo parecido a una vida. No conceden entrevistas, pero desde que en 2015 se creó la ONG La passione di Yara (La pasión de Yara) para incentivar el deporte entre los chicos carenciados, Fulvio, el papá, participa de algunos eventos. “Mi sueño es que, dentro de algunos años, el 51% de las personas asocie el nombre de Yara a los proyectos de la asociación y a los resultados obtenidos para no dejar que se apaguen los sueños deportivos de los jóvenes de familias pobres, y que sólo el 49% de la gente asocie a Yara a la tragedia que sufrió”, dijo hace poco

El sueño de Yara, en cambio, era conocer el mundo: “Adoro vestirme a la moda aunque mi ropa no es moderna –dijo en su presentación para un intercambio estudiantil con chicos de una escuela alemana–. Mi actor preferido es Johnny Depp. Mi cantante favorita es Laura Pausini. La peli, Step Up. Adoro la pizza, las papas fritas y los caramelos. Mi sueño es viajar”.

 
 
 
 
 
 
 

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