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Julio de Vido en una de sus últimas apariciones públicas antes de estar preso. La denuncia de Lilita Carrió tiene más de diez años. Y no fue la única.

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por Rogelio Alaniz

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A decir verdad, Julio de Vido debería haber estado preso mucho tiempo antes. Los kirchneristas lanzan sapos y culebras contra los jueces, cuando en realidad deberían estar agradecidos por la “paciencia” que le tuvieron y le tienen a sus jefes. La injusticia no es que De Vido esté preso, la injusticia es que Cristina siga en libertad. ¿O alguien supone que las trapisondas que armó el ex ministro pudo hacerlas sin el visto bueno de la Señora?

Por lo pronto, a todos nos resulta por lo menos insólito que la presidente que se jactó de controlar hasta los mínimos vericuetos del poder, ahora sostenga que desconocía las fechorías de López, Báez o Jaime. O que nos subestime tanto como para pretender hacernos creer que está peleada con De Vido y Baratta. O que suponga que si D’ Elía o el Morsa Fernández o Guillermo Moreno no están en sus actos públicos es porque nunca han tenido nada que ver con ella.

Voceros K presentan a De Vido como una suerte de Dreyfus criollo acosado por la chusma reaccionaria. O un gestor nacional y popular eficaz, atacado por la coalición de intereses mediáticos, judiciales y sojeros. No tienen cara. Proteger a una piara de saqueadores de recursos públicos es injustificable, pero protegerlos en nombre de lo nacional y popular es ser un cínico, un canalla, un cómplice o, sencillamente, estar completamente chiflado, dicho esto con perdón de los chiflados.

De Vido no fue acusado antes de ayer y procesado ayer. La denuncia de Lilita Carrió tiene más de diez años. Y no fue la única denuncia. Es más, durante los años K era un secreto a voces que el Ministerio de Planificación fue una cueva de malandras. Desde el primero al último. Todo se sabía. La impunidad era tan grande, la sensación de que se quedaban en el poder para siempre y, por lo tanto, podían hacer lo que les diera la gana, era tan intensa, que ni siquiera se tomaron el trabajo de borrar las huellas. Si algo hay que reprocharles a los jueces -a muchos de ellos, no a todos- no es su ligereza para actuar sino su exasperante lentitud. O ese hábito de cajonear causas a la espera de tiempos mejores o peores.

Es hora de entender que la corrupción y los corruptos no son una anécdota menor en la Argentina. Lo que el kirchnerismo -y su estadio inferior, el menemismo- ha venido a probar es que, en lo fundamental, la corrupción es un régimen de poder, un modelo de acumulación de riquezas, una práctica política orientada al saqueo sistemático de los recursos públicos.

La responsabilidad del peronismo en esto es insoslayable. Considero innecesario destacar que la imputación refiere a un sistema de poder y no a personas en particular que adhieren al peronismo desde las más diversas expectativas. No es el peronismo en abstracto lo que está en discusión, sino un régimen práctico de poder identificado con la cultura peronista responsable de los saqueos y depredaciones perpetradas durante los diez años del menemismo y los doce años del kirchnerismo.

Las elecciones del 22 de octubre confirman que la Argentina está cambiando, pero esto no quiere decir que de aquí en más ingresamos a un mundo color de rosa. Décadas de populismo no se superan de un día para el otro. Hábitos, reflejos, rutinas, persisten más allá de los resultados electorales. El mito de un conductor demagogo -o conductora- que nos resuelve todo o nos haga creer que nos resuelve todo, persiste a través de señales inequívocas. No podría ser de otra manera. La pulsión de asaltar el poder para enriquecerse no desaparece de la mañana a la noche o por el simple cambio del signo político.

Lo que se está agotando en la Argentina -lo que deseamos que se agote- no es el peronismo sino esta relación sórdida, perversa, entre peronismo y poder en clave corrupta que se forjó en todos estos años y que saturó de vicios a las instituciones estatales. Ser peronista no es sinónimo de corrupto, claro está, pero se hace muy difícil salir inmune cuando se participa de un engranaje de poder irresistiblemente precipitado al saqueo.

No se pretende que el peronismo desaparezca. No sería ni justo ni realista. Mucho menos democrático. Lo que se pretende es que desaparezca o se reduzca al mínimo esa estructura depredadora de poder que lo tuvo al peronismo como protagonista central. ¿Quién lo pretende? Muchos. Ésa es la novedad. Hoy son más en esta Argentina quienes aspiran a vivir en un país normal, es decir, en un país donde se respete a la ley y no se robe. Así de sencillo y así de difícil.

El ejercicio democrático de la oposición será la mejor escuela cívica del peronismo. Está aprendiendo a hacerlo impulsado por la pedagogía de los hechos, pero le cuesta. Por historia, por formación, por hábito. Después de la derrota de Scioli su primer impulso fue la resistencia. Que la Señora no haya entregado el poder fue un síntoma inequívoco de esta concepción de suponer que todo gobierno de signo no peronista es ilegítimo o encarna la figura del intruso que como tal debe ser tratado.

La estrategia “helicóptero” fue más fuerte de lo que se cree. Fracasó. Y entonces más de un peronista empezó a sospechar que el gobierno de Macri no sería tan fugaz y débil como supusieron al principio. De todos modos, no deja de ser significativo que la Señora sea la dirigente con más votos dentro del peronismo. Que la política más impugnada por liderar y beneficiarse con el régimen cleptocrático, la que a través de sus incondicionales ejerce la oposición desde posiciones desestabilizadoras y en algunos casos abiertamente golpistas, es una realidad que todos debemos asumir, pero una realidad que en particular interpela a los peronistas.

No, no va ser sencillo salir de décadas de populismo. De esa concepción autoritaria y mesiánica del poder liderado por un jefe o una jefa. Arturo Illia en su momento advertía acerca de la patología de un país que supone que el presidente es el hombre más importante de la nación. El deseo reaccionario y anacrónico por el patrón, por el padrecito, por el líder providencial.

Escucho amigos, conocidos, que se quejan, por ejemplo, de que Cambiemos sólo haya obtenido el cuarenta por ciento de los votos. La nostalgia por la mayoría absoluta; la nostalgia por los gobiernos decisionistas. Ese oscuro objeto del deseo que nos impulsa a creer que para gobernar es necesario parecerse a los peronistas. Lo sorprendente, y tal vez lo morboso, es que este lugar común lo sostengan aquellos que dicen no ser peronistas, un dato que verifica el grado de colonización cultural que el populismo ha ejercido en las conciencias

Una sociedad pluralista es una sociedad de minorías políticas más o menos fuertes. En ese sentido, me parece sabio y por supuesto saludable que Cambiemos no tenga mayoría absoluta. No nos ha ido bien con gobiernos de mayoría absoluta. Si queremos cambiar empecemos por aceptar a gobiernos que gestionan acuerdos, buscan entendimientos, negocian, avanzan y retroceden. Que ganar elecciones no signifique creerse el dueño del mundo. Y que perder, no represente una tragedia.

Cambiemos nos está enseñando a vivir en democracia. Con los balbuceos y vacilaciones del caso. Con un presidente que no se cree un Dios y no inspira miedo. El aprendizaje lo incluye a Cambiemos claro está. Y sobre esta asignatura también hay un interrogante abierto. O varios interrogantes abiertos.

* “Crónica política” se inició en junio de 1990. Hace veintisiete años y cuatro meses. Los domingos al principio; los sábados hasta la fecha. Seguramente acerté con algunas frases y me equivoqué en otras. Por todo ello, recibí afectos y rechazos. No esperaba otra cosa. Hoy escribo la última nota. Suficiente. En esta vida todo termina. Incluso las columnas escritas durante veintisiete años.

 
 
 
 

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