Las confesiones del odontólogo sobre lo que ocurrió ese fatídico día en el que asesinó a escopetazos a su mujer, su suegra y sus dos hijas. Y su vida hoy, a los 82 años, encerrado en una pensión en San Martín

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Ricardo Barreda, de 82 años, vive hoy su peor día del año. Este mediodía no quiso salir a almorzar al bodegón cercano a la pensión donde vive, en San Martín. Malhumorado, pidió comida al delivery y se quedó en su cuarto viendo los noticieros. El cuádruple femicida que el 15 de noviembre de 1992 mató a su esposa, su suegra y a sus dos hijas en su casa de La Plata, vive esta fecha como una especie de duelo.

Según él, hay días en que logra olvidar la matanza que cometió hace hoy 26 años. Pero muchas veces recuerda aquel mediodía en que jura que la vista se le nubló y comenzó a disparar.

"Puedo vivir en paz, a veces, pero hay un momento del día que me viene todo eso a la cabeza, como un baldazo de agua fría o una pantalla que se funde a negro. Lo peor es cuando se cumple un aniversario y en los canales repiten la cosa como si hubiese pasado hoy", dijo el ex odontólogo al autor de esta nota hace unos años.

Aquel 15 de noviembre de 1992, Ricardo Barreda se sentó en un banco y miró a los elefantes como si contemplara una obra de arte. Luego se quedó fascinado con la jirafa. Cuando salió del zoológico de La Plata, dejó flores en las tumbas de sus padres y se encontró con su amante en una pizzería.

Comieron, bebieron y tuvieron sexo en un hotel alojamiento. Cuando volvió a su casa, Ricardo Barreda se encontró con los cadáveres de su esposa, su suegra y sus dos hijas. Mucho antes del zoológico, el cementerio, la pizzería y el hotel, el odontólogo había matado a escopetazos a toda su familia. Pero esa noche pareció olvidarlo. Llamó a la policía con el mismo tono con el que hubiera llamado para pedir un turno con el médico.

–Volví a mi casa de pescar y me encontré con cuatro bultos. Acá hubo un asalto.

Eso dijo a la Policía. Después confesó haber matado a las mujeres de la casa. "Me decían conchita", dijo. Y cerró con una frase más filosófica: "Supongo que he sido yo. Intuyo que las maté yo porque éramos cinco en la casa y de pronto me encontré con cuatro cadáveres".

El drama había comenzado con lo que parecía un simple asunto doméstico. Como se ha dicho, hay tragedias que comienzan con un acto banal. Ese día, el dentista Barreda –según su sospechosa versión- agarró un plumero y le dijo a su esposa Gladys Margarita Mac Donald, de 57 años:

–Voy a limpiar las telarañas del techo.

–Qué bien. Andá a limpiar que los trabajos de conchita son los que mejor hacés.

–¿Sabés qué? El conchita no va a limpiar nada la entrada. El conchita va a atar la parra porque las puntas andan jorobando –dijo Barreda como si no hubiese escuchado el insulto.

Y como un autómata fue hasta el garage a buscar una escalera. Fue hasta el bajo escalera porque ahí guardaba un casco. Era cauto: varios conocidos se habían caído y golpeado la cabeza mientras ataban la parra. Pero no llegó a levantar el casco porque antes de hacerlo, algo le llamó la atención: entre una puerta y una biblioteca había una escopeta Víctor Sarrasqueta calibre 16,5 que le había regalado su suegra Elena Arreche, de 86 años. Inusual y peligroso regalo para un yerno. Se la regaló para que saliera a cazar, pero la cacería fue puertas adentro: y contra las mujeres de la familia.

La cuestión es que la escopeta estaba ahí, con los cartuchos y una caja al costado.

Y Barreda no dudó. Manoteó la escopeta (en el juicio diría que una fuerza extraña se apoderó de él) y fue hasta la cocina. En ese momento (cómo podía saberlo), no supo que ese acto iba a terminar con su vida de hombre anónimo. Al otro día, el país iba a conocer su desdicha. Iba a ser famoso. Tristemente famoso.

–¡Cuidado, está loco!

Eso es lo que llegó a decir su hija menor Adriana, una abogada de 24 años.

Barreda le disparó a Gladys y siguió su cacería. Después mató a su suegra.

–¡Qué hacés, hijo de puta!

Esas fueron las últimas palabras de Cecilia, de 26, su hija preferida, que era dentista como él.

Barreda no habló. La ejecutó a tres metros de distancia.

Luego se sentó en el sillón, abrazado a su escopeta, como si fuera lo único que le quedaba. Se había quedado solo. O, mejor dicho, acompañado por cuatro cadáveres.

Barreda sintió un alivio. Desordenó la casa como para fingir que había sido un trágico asalto, se subió a su Ford Falcon verde, tiró la escopeta en un arroyo y luego, como se dijo, se fue al zoológico. Lo relajaban las jirafas y los elefantes. Por un momento se preguntó si él no merecía estar enjaulado, en lugar de esos animales. Encerrado en un zoológico, como una atracción de circo fatídico, el hombre que un día eliminó a su familia en vez de limpiar la parra. ¿Alguien se compadecería de él? Imposible saberlo en ese momento.

Más tarde se encontró con su amante Hilda para encerrarse en un hotel alojamiento. En esa pieza oscura dos cuerpos se calentaban. A pocas cuadras de ahí, otros cuatro cuerpos se enfriaban sin pausa. Antes de volver a su casa, el odontólogo y su amante comieron pizza.

Al volver a su casa se reencontró con una mezcla repugnante de olores: a cadáver, a pólvora, a encierro. Desordenó el lugar y llamó a la Policía:

–Entraron a robar a casa. Hay muertos.

Pero los detectives que revisaron la escena del crimen dudaron de que hubiera sido un robo.

–Ahí están los cuerpos –informó Barreda con frialdad.

Al subcomisario Ángel Petti le sorprendió que dijera "cuerpos" y no mi mujer, mis hijas, mi suegra. Para el odontólogo eran bultos despersonalizados. Encima, mientras los peritos trabajaban en la escena del crimen, el odontólogo fumaba y acariciaba la cabeza de Nahuel, el perro de la familia.

El subcomisario estaba convencido de que el asesino estaba delante suyo. Luego lo llevó a su despacho. Le convidó un cigarrillo Benson y le preguntó qué había hecho ese día:

–Nada. Bueno, este… fui a pescar, después a ver a mi amante. Comimos pizza. Y cuando volví a casa me encontré con todo esto.

Petti sabía que el único lugar sin desorden era en la pieza donde Barreda dormía solo. Todo estaba en su lugar: la cama hecha, la ropa apilada prolijamente, el piso encerado, los zapatos alineados. No hacía falta ser un experto sabueso para comprobar que la escena del crimen había sido alterada.

En un momento, mientras iba a buscar dos sándwiches, Petti dejó a Barreda solo. Antes le dio el Código Penal en la página donde figura el artículo 34, que establece la imputabilidad o no de una persona y si comprendió la criminalidad de sus actos. Barreda lo leyó con atención.

Cuando volvió, Petti le dijo:

–Así que una vez hizo un curso de criminología.

Barreda, que días antes del cuádruple crimen había ido a una charla en el Colegio de Abogados, no lo desmintió.

–¿Cómo lo sabe?

–No importa. La cuestión es que lo sé. También sé que practicó tiro contra un árbol.

–Dígame quién se lo dijo.

–Se lo digo con una condición.

–¿Cuál?

–Que usted me diga dónde está la escopeta con la que mató a su familia.

–La tiré en Punta Lara.

–Ok. Levántese. Vamos para ahí.

"Yo no era yo"

Barreda se sintió aliviado con su confesión. Había sido un día de muchos alivios: deshacerse de las mujeres de la casa, ir de paseo, comer pizza y tener sexo con su amante. Aunque no hay una ley escrita y cada caso es único, hay psicólogos forenses que hablan de la lujuria homicida. Dicen que hay hombres que después de matar tienen la compulsión de tener sexo. Solo así pueden saciar la falta de adrenalina.

Los psicólogos que estudiaron la mente de Barreda creen que haber matado a esas mujeres "lo estabilizó". Eso opina el perfilador criminal Luis Disanto. Es como si los crímenes le hubieran dado un sentido a su vida. Ser a través del crimen, como el hundido Erdosain de Roberto Arlt. Como abrirse una herida y esperar a que cicatrice. En fin: curarse con su propio veneno.

Lo ha dicho Barreda cuando explicó lo que sintió al momento de matar: "Yo no era yo".

"Cuando pasó lo que pasó, yo no era yo. Era otro. Un extraño. Un desconocido que llegó a hacer lo que yo nunca hubiese hecho. Discutí con mi esposa y una nebulosa me hizo perder la noción de las cosas. Escuché voces y vi los bultos en el suelo. Me vi sentado con la escopeta en las manos".

"Yo no era yo. Vi un bulto, era una persona caída. Después vi más bultos. Me pregunté qué pudo haber pasado. Eran ellas. Mi esposa, mi suegra y mis dos hijas. ¡Dios mío, qué he hecho!".

"La idea de matarlas la tenía en la cabeza. Me humillaban todo el tiempo. No sé por qué, pero se me había metido en la cabeza una idea fulera. Una idea fuerte. Una idea fija. Una idea de muerte".

"Eran ellas o yo".

Las amigas de las víctimas dudan que le hubieran dicho Conchita.

De la insólita simulación a la soledad

El martes 24 de mayo de 2016, Barreda logró una de las fantasías que persigue todo asesino en algún momento de sus vidas: ser otro. Llevar el nombre verdadero es casi como tener la marca del crimen cometido.

Ese día, el odontólogo que mató a su familia, apareció abandonado en un hospital de General Pacheco y dijo llamarse Alberto Navarro. Una joven creyó que se trataba de un pobre abuelo que buscaba amor y había sido abandonado por su familia. "Le pido a sus hijas que no sean crueles", escribió en Facebook. Cuando le contaron que ese hombre era un asesino y sus hijas estaban bajo tierra, pidió disculpas.

Barreda se había quedado solo. Sin Berta, su última novia, a quien llamaba "Chochán" y con quien vivió dos años en un departamento de Belgrano. Por esos días, el odontólogo se ilusionaba con volverá ejercer su profesión y recuperar la casa donde ejecutó la masacre.

El presente de Barreda, que ya no tiene deudas con la Justicia, es el peor que el cuádruple femicida pudo haber imaginado. Le cuesta caminar, cobra una jubilación del Pami y vive en una pensión de mala muerte, sórdida y con la puerta de entrada enrejada.

Barreda está libre, pero sigue en su propia cárcel.

Acorralado por sus recuerdos, los fantasmas de sus cuatro asesinatos. Y por la vejez, que siempre vence a todos.

Fuente: Infobae

 
 
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