camila

El sudor les empapó la cara. Pero no era el calor abrasador, inusual para aquel 18 de agosto de 1848, el motivo principal del baño de agua sobre los rostros de Camila y Uladislao era el terror de saber que en pocos segundos sus vidas acabarían de la peor manera. Sentados cada uno en su silla y con una venda sobre los ojos, aguardaron su fatídico final. El capitán Gordillo pegó el grito y dio inicio al redoble de tambores. El pelotón acomodó sus armas contra el blanco y tras la señal de fuego, disparó primero contra el cura, que murió en el acto. Otros tres balazos que dieron contra la bella muchacha, la retorcieron de dolor. El alarido que le salió de las entrañas inundó la vecindad para siempre. El cuerpo muerto de Camila O´Gorman se deslizó hasta el suelo y allí quedó, con una mano señalando el cielo, como pidiendo clemencia.

Una vida de novela

El 9 de julio de 1825 nació en la ciudad de Buenos Aires Camila O'Gorman, la quinta hija de Joaquina Ximénez Pinto y Adolfo O'Gorman Perichón. Doña Joaquina había nacido en la Isla de Borbón, Francia, y don Adolfo, de origen irlandés, en la Isla Mauricio. Y como toda familia perteneciente a la sociedad porteña, educaban a su descendencia con gran severidad. A los varones, para continuar con los negocios familiares; y a las niñas, para ser damas de bien: clases de idiomas, costura y algún instrumento musical si le descubrían talento. Sin embargo, Camila fue diferente. Desde pequeña demostró que no le gustaba seguir las costumbres de la casa. Mientras sus hermanos se distraían con juegos en común, ella prefería la soledad de su recámara. Era una niña soñadora, pasaba horas perdida en sus pensamientos. Hasta que tuvo la edad suficiente y encontró el gusto desmesurado por los libros. Así se transformó en una lectora voraz de historias en las que primaban el romance y el devaneo amoroso, antes que las páginas instructivas del conocimiento. Tal era la perdición que había logrado por la lectura, que era muy común que pidiera permiso a su madre para que alguna criada la acompañara a recorrer las librerías de la Independencia, La Merced o la de Ibarra, en las que permanecería durante horas.

Poco a poco comenzó a forjar un carácter fuerte, que la llevó a confrontar con sus padres en varias oportunidades. Se sentía encerrada por las normas que le imponían y así lo hacía saber. Las obligaciones le apretaban incluso más que el corsé. Camila, casi sin darse cuenta, se había transformado en una rebelde sin causa. Y en vez de calmar el fuego interior, lo exponía sin medir consecuencias.

Todos los domingos por la mañana, la familia asistía a la misa de la iglesia del Socorro. El párroco Uladislao Gutiérrez era el encargado de ofrecer el servicio religioso. El joven tucumano, que no llegaba a los treinta años, había conocido al hijo menor de los O'Gorman, Eduardo, en el seminario; y también pertenecía a una buena familia: era el sobrino del go bernador de su provincia, don Celedonio Gutiérrez, así que había llegado a Buenos Aires con las mejores recomendaciones.

Gracias a la amistad que había forjado con Eduardo, Uladislao fue invitado a casa de los O'Gorman y rápidamente se transformó en un asiduo visitante. Con sus jóvenes 18 años, Camila sintió una afinidad por el sacerdote como no había sentido nunca por otro hombre. En cuanto lo dejaban solo, ella se le acercaba e iniciaba cualquier tema de conversación. Una lectura o tal vez alguna zozobra espiritual, o bien podía ser el reclamo de un consejo, siempre encontraba la excusa para el acercamiento. El sacerdote no se quedaba atrás. Sabiendo que jugaba con fuego, aceptaba la cercanía de Camila.

Hasta que llegó el día en que los sentimientos le inundaron el corazón y ella se sintió desbordada. Decidida, partió de su casa rumbo al Socorro. Se excusó diciendo que necesitaba confesarse. Su madre no encontró argumento para detenerla. Al llegar a la iglesia caminó sigilosa hasta el confesionario. Se hincó y el padre Uladislao la bendijo para que diera comienzo a la confesión. Con el enrejado de por medio, Camila le susurró su amor. Y lanzada a todo, se incorporó y se apuró hasta enfrentarse cuerpo a cuerpo con el sacerdote. Un largo beso selló su amor y el inicio de una aventura que terminaría en tragedia.

Un final infeliz

Los meses que siguieron fueron de pasión y tormento. Debían esconder lo que era casi imposible de soslayar. Camila tenía ganas de gritar su amor a los cuatro vientos, pero sabía que eso bastaría para ser estigmatizada para siempre. Y ni qué hablar del castigo que podría recibir su amado.

Habían cuidado por todos los medios de que nadie supiera lo que sucedía, pero la tensión sensual que existía entre ellos era demasiado evidente. Los rumores llegaron a oídos de doña Joaquina, que no dudó ni un segundo y conminó a su hija a que le dijera la verdad. Camila lo negó como pudo. Pero el tiempo no ayudó. El amor que sentían uno por el otro era tan intenso que la vida de mentira que llevaban devino en una pesadilla.

Susú Pecoraro e Imanol Arias fueron los protagonistas de Camila la versión cinematográfica de esta historia de amor

En la madrugada del 11 de diciembre de 1847, el destino de Camila y Uladislao cambió de rumbo. Casi sin equipaje, pero con mucho cuidado, la muchacha cerró la puerta de su casa por última vez. Había planeado la huida junto a su enamorado. Como si fuera un fantasma, corrió por las calles desiertas de Buenos Aires hasta el Socorro. Allí la aguardaba Uladislao. Se fundieron en un abrazo y él la apuró hacia los dos caballos que había conseguido para la huida. Bajo los nombres de Valentina Desán y Máximo Brandier, escaparon rumbo a San Fernando. El trayecto fue difícil para Camila. Si alguien detenía la mirada más de la cuenta, el corazón le daba un vuelco. Temía que el sueño con el que había sobrevivido todo ese tiempo se desbaratara en un instante. Llegaron a la vera del río y allí los aguardaba un hombre que los condujo hasta su embarcación. Con su complicidad, subieron y cruzaron las aguas hasta llegar a Goya, en la provincia de Corrientes.

Con la sotana y el bienestar de la casa porteña dejados de lado, Camila y Uladislao se instalaron en un rancho modesto como una pareja bien establecida. Gracias a algunos parientes del tucumano, que los protegieron e hicieron todo lo que tenían a su alcance para cuidar la verdadera identidad de ambos, se pusieron al frente de una escuela rural. Fueron cuatro meses de felicidad completa. Lejos del peligro, vivían su amor en público como cualquier pareja y mientras, fantaseaban con fugarse a Río de Janeiro.

Pero en Buenos Aires el ambiente se cortaba con tijera. La noticia de la huida de su hija había derrumbado el honor de los O'Gorman. Adolfo y Joaquina salían poco y nada de la casa, por prevención. No querían ser señalados como los padres de una pecadora. La señora lloraba en soledad, su marido se llenaba de ira. Le parecía inaudito que una hija suya hubiera sido capaz de semejante sacrilegio.

Eran los tiempos de la Santa Federación. Juan Manuel de Rosas estaba al mando del gobierno por segunda vez, pero había exigido como condición, la potestad de los poderes extraordinarios. El decidía todo, armaba y desarmaba como mejor le parecía. Y nada escapaba de sus oídos. Sabía lo que pasaba en su provincia. Era imposible guardar un secreto. Adolfo O'Gorman tomó la decisión de denunciar a su propia hija ante el Restaurador. Dolido, pero sin ninguna vacilación, se encerró en el despacho y escribió la carta más importante de su vida. "Convencido de la rectitud de Vuestra Excelencia hallo consuelo en participarle la desolación en que está sumida toda la familia.", así comenzaba la denuncia para luego continuar: ".dé orden para que se libren requisitorias a todos los rumbos para precaver que esta infeliz se vea reducida a la desesperación y conociéndose perdida, se precipite en la infamia".

La orden de pesquisa detrás de los pecadores fue cursada en el acto. Pero el gobernador recibió aún más petitorios. No sólo los O'Gorman se sentían vilipendiados por la actitud desafiante de su hija, la lista de escandalizados crecía. Miguel García, provisor de la iglesia del Socorro, templo donde Gutiérrez había desempeñado sus funciones, reclamó a Rosas que no agregara brasas al incendio. Que sí se ocupara de adoptar medidas convenientes pero que las consecuencias tuvieran la menor trascendencia por el honor de la Iglesia y de la clase sacerdotal. Su colega Mariano Medrano, en cambio, prefirió un castigo ejemplar. Reclamó que "el Jefe de Policía despache requisitorias por toda la ciudad y campaña para que en cualquier punto donde los encuentren a estos miserables, desgraciados e infelices, sean aprehendidos y traídos, para que procediendo en justicia, sean reprendidos y dada una satisfacción al público de tan enorme y escandaloso procedimiento".

En Goya, la joven pareja vivía su idilio. Desconocía por completo las órdenes y contraórdenes bonaerenses. Se habían transformado en los queridos maestros de Goya, llegados desde Salta. El 16 de junio de 1848, al caer la tarde, aceptaron el convite y concurrieron a la fiesta que ofrecía un vecino del pueblo. Pero tuvieron la desgracia de cruzarse allí con el cura irlandés Miguel Gannon, que reconoció a Gutiérrez. Sin mediar palabra, lo denunció al juez de Paz. Al día siguiente, la policía les tiró la puerta abajo y fueron apresados. Se los llevaron por separado y Camila fue recluida en la casa de la familia Baibiene. Pocos días después, el gobernador de Corrientes Benjamín Vira- soro dio la orden de que ambos fueran trasladados a la cárcel.

Al enterarse Rosas de que los habían apresado, ordenó su inmediata comparecencia. Engrillados y en carros por separado fueron trasladados hasta Santos Lugares, donde quedaba emplazada la cárcel. Cada uno en su prisión e incomunicados entre ellos. La angustia los arrasó. Sin embargo, Camila luchó hasta las últimas consecuencias. No se iba a dejar vencer tan fácilmente. Pidió una pluma y papel, y le escribió una carta a su amiga Manuelita, la hija de Rosas, contándole lo sucedido. A mediados de agosto recibió la respuesta de la joven, donde le rogaba que no se quebrara, que ella resolvería todo. Dicho y hecho, Manuela comenzó con los preparativos en la Casa de Ejercicios, el mismo sitio donde Mariquita Sánchez había sido recluida por su romance prohibido con Martín Thompson donde seguramente sería depositada Camila. También acicaló la cárcel del Cabildo con libros de literatura e historia para Gutiérrez.

Sin embargo, el Restaurador hizo oídos sordos al reclamo de su hija. Las declaraciones de los reos ayudaron poco y nada a la decisión del gobernador. Camila le había confesado al edecán de Rosas, Marcelino Reyes, que ella había sido el artífice de la fuga, que jamás había sido violada, que no estaban arrepentidos sino "satisfechos a los ojos de la Providencia y con la conciencia tranquila". Una confesión similar salió de boca de Uladislao Gutiérrez. Las exposiciones fueron expedidas al gobernador y a los pocos días llegó la orden de ejecución. Reyes, urgido por la situación, mandó un despacho con el aviso del embarazo de la muchacha, avalado por el médico de Santos Lugares. También le escribió una esquela a Manuelita, amiga de años del edecán. La correspondencia nunca llegó a manos de los destinatarios.

Ya con la venda sobre los ojos y ocupando sus sillas frente al pelotón, Uladislao hizo un último pedido: que su amada tomara un vaso de agua para bendecir la vida que llevaba en el vientre. En voz baja se despidieron, se juraron amor eterno. La desesperación fue más fuerte y él gritó: "Asesínenme a mí sin juicio, pero no a ella, y en ese estado, ¡miserables.!".

Pasados los años y desde su exilio en Southampton, Rosas volvió sobre el tema en una carta dirigida a Federico Terrero:

"Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O'Gorman, ni nadie me habló en su favor. Todas las primeras personas del Clero me hablaron o escribieron sobre ese atrevido crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo. Y siendo mía la responsabilidad, ordené la ejecución. Soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como de los malos, de mis errores y de mis aciertos".

Fuente: La Nación

 
 
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