Luciano es el séptimo hijo varón de la familia Zeballes. Viven en la pobreza pero también creen que si el actual presidente apadrina al niño, van a sufrir la condena de la sociedad por vincularse al hombre que, con sus políticas antipopulares, multiplicó la cantidad de pobres en la Argentina.

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Luciano Zeballes, de 8 años, va a la escuela Rosario Mercedes Simón de la ciudad de San Luis y cuando ríe se le hacen dos simpáticos hoyuelos en sus mejillas. Los ojos le brillan y reparte abrazos como caramelos. Parece un niño feliz y quizás lo es, dentro de una cabecita que sólo piensa en juegos, por ahora, y sueña con ser policía o bombero en algún futuro que, por el momento, está demasiado lejano para alcanzar. Las matemáticas son su fuerte y quizás podría asir el mundo en sus manos con un poco de ayuda, con comida, una cama confortable donde dormir sin que la lluvia le caiga en la cara con cada temporal, el calor y los mosquitos lo mantengan despierto hasta el amanecer o el frío le cale los huesos bajo las mantas escasas y raídas.

La candidez de Luciano, el séptimo hijo varón de la familia Zeballes, de momento lo protege de la pobreza y la escasez. Por ahora extraña la escuela y no se replantea demasiado cómo vive, sobre todo gracias a dos amorosos padres que, aunque pobres, apuestan al trabajo duro y al amor para sobrevivir en un mundo que no les da tregua.

Débora Villegas se llama la mamá y César Zeballes, el papá. Viven con cuatro de sus siete hijos varones en una construcción de bloques, madera terciada, chapa y nylon donados, en el asentamiento Estrella del Sur, hacia el sudoeste de la ciudad de San Luis. Su casa es muy precaria y se nota más cuando las inclemencias del tiempo hacen lo suyo, levantando el techo y sacudiendo todo a su paso.

-¿Te gustaría ser ahijado del presidente?

En las mejillas de Luciano aparecen los hoyitos y titubea, pero asiente con la cabeza. Intuye que sería una oportunidad para estar un poco mejor, para continuar sus estudios y poder comer todos los días, porque “es muy difícil ver que tus hijos te piden para comer y vos no tenés qué darles”, asegura la mamá con los ojos vidriosos durante toda la charla, quien además tiene graves problemas de salud.

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Y aunque ya conocen la pobreza, saben muy bien que ahora están mucho peor. Hoy los 4500 pesos que recibe por los chicos (los tres más grandes ya formaron sus propias familias) más alguna changa de César sólo les alcanza para el agua, la leche y las pre pizzas que ya se han vuelto una rutina.

La familia Zeballes hace ocho años que vive en San Luis aunque es oriunda de Las Heras, Mendoza. “Vivíamos en el Barrio Espejo, sin trabajo y con mucha inseguridad”, contó Débora. “Al nacer Luciano, el séptimo hijo varón, pensamos en hacer los trámites para que la por entonces presidenta apadrinara al nene, pero éramos pobres, no sabíamos muy bien cómo hacerlo y teníamos otros hijos que cuidar, además del trabajo”, dijo la mamá de Luciano. Las malas condiciones de vida mudaron a la familia completa a San Luis, donde la vida siguió idéntica por unos años, aunque César, el papá, pudo ejercer su profesión de carpintero y darle un techo y comida a su familia. Estaban un poco mejor.

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Pero el neoliberalismo, ese que nunca más volvería, dijeron, retornó con el actual presidente e impactó tan fuerte en esta familia –y en miles más- que alquilar ya no fue una opción porque lo primero era comer. El hermano de Débora ayudó a la familia ofreciéndoles un pedacito de patio en el asentamiento y allí, con nylon, bloques, maderas y mucho esfuerzo, alzaron un precario espacio donde sobrevivir, ayudados por las changas de un marido con discapacidad en sus manos, que hace lo imposible por poner un pedazo de pan en la mesa, en una época donde el trabajo escasea más que nunca.

La idea de que el presidente apadrine al hijo más pequeño vuelve a surgir, como faro en la tempestad, aunque no es coherente con el sentimiento de saberse en esa situación por las decisiones de un gobierno antipopular que los hundió en el fango hasta casi la asfixia. A ellos y a miles más.

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¿Pobreza o dignidad? Para otros no sería un problema decidir pero para estos padres lo es, porque entienden de donde viene su situación, pero también saben que deben comer y darles a sus hijos una vida mejor.

Por el momento, la solidaridad de la gente, esa que no tiene color político, sostiene. La maestra de Luciano y un grupo de personas que decidió involucrare con esta familia para que su vida no sea tan dura, les consiguieron algunas chapas, náilones y maderas para mejorar la casilla, y les llevan alimentos cada tanto. Pero dar de comer a tantas bocas no es fácil y la ayuda, ayuda, pero siempre hace falta más.

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“Me duele tener a mis hijos en colchones mojados, olorosos, entre cables sueltos y un baño sin cloacas”, afirma la mamá mirando el suelo que aun es de tierra y moja cada tanto para asentar el polvo. “No pretendo que nos regalen nada pero quisiera tener la posibilidad de pagar una casita, para que mis hijos no corran peligro y puedan vivir un poco mejor”, dice conteniendo unas lágrimas que empiezan a asomar. Es que el dolor de los hijos duele el doble, sin importar la posición social o económica.

Mientras tanto, el por ahora pequeño lobizón, aúlla a carcajadas con sus amigos en el campito de enfrente. Juega y ríe. Estudia y ama los animales con ese fervor propio de la infancia. Su futuro aún no está decidido y dependerá de todos, de su familia sí, pero también de todos nosotros, hacerle la vida más fácil al pequeño de los hoyuelos en las mejillas que regala abrazos como caramelos.

La historia de la ley de padrinazgo del Presidente

La ley 20.843 garantiza el padrinazgo del Presidente de la Nación que está en funciones del séptimo hijo varón o la séptima hija mujer de una progenie del mismo sexo.

La ley se gesta junto con la gran inmigración rusa en la Argentina y nace de la creencia de que el séptimo hijo varón es hombre lobo y la séptima hija mujer bruja. En la Rusia zarista de Catalina la grande se otorgaba el padrinazgo imperial que daba una protección mágica contra estos males y evitaba que los niños fueran abandonados.

En 1907 una pareja rusa que se había radicado en Argentina, da a luz su séptimo hijo varón y envía una carta al Presidente José Figueroa Alcorta para que lo apadrinara. Allí comienza la tradición que además le otorga al ahijado una beca asistencial para contribuir con su educación y alimentación. El 28 de septiembre de 1974 María Estela Martínez de Perón convierte esta tradición en ley.

Fuente: SanLuisInforma

 
 
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