Sojización es el proceso de expansión irracional, desmedida e incontrolada del monocultivo de soja transgénica forrajera, conocida como soja. Esto implica el cultivo, ya en 17 millones de hectáreas, de la soja genéticamente modificada por Monsanto, que la hace resistente al herbicida glifosato, cuyo nombre comercial es Round-up, a cuya resistencia hace mención el agregado RR (Round-up Ready).

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Este sistema implica un paquete tecnológico compuesto por la aplicación reiterada –y sin control ambiental alguno– del herbicida glifosato y de otros, así como la siembra de semilla transgénica de soja RR, mediante el sistema de siembra sin labranza denominada siembra directa.

La expansión de este sistema de cultivo, más allá de cualquier consideración ecológica, ambiental, agronómica, de salud pública, social o macroeconómica es el proceso que hemos dado en llamar sojización para caracterizar un cambio radical del agro-ecosistema nacional y por ende de todo nuestro sistema agropecuario. La sojización desenfrenada, lejos de ser un hecho saludable, constituye un verdadero problema en expansión para la economía nacional y la protección de nuestro ecosistema agrícola.

Pero –y esto es lo más grave– también para la vida misma de nuestros habitantes. La OMS ha señalado que desde 1995, fecha en que los cultivos transgénicos hicieron su irrupción en el mercado, el 65 % de las afecciones de la población de los países con desarrollo industrial, está relacionado con la alimentación.

Este hecho con ser grave, es apenas el primero de una larga lista de efectos nocivos que la sojización arroja sobre nuestra población.

En principio la sojización ha transformado a nuestra producción agropecuaria en un monocultivo, hecho peligroso desde el punto de vista ambiental, económico y estratégico respecto de la estructura productiva de la nación.


Todo modelo basado en el monocultivo es esencialmente no sustentable y débil desde el punto de vista estructural. Sin embargo la expansión del monocultivo de soja transgénica, trae aparejada otros serios problemas, además de los ya mencionados.


El más importante radica en la degradación de nuestro sistema productivo: hemos dejado de ser un país productor de alimentos, para pasar a ser un enclave productor de forraje, para que otras naciones –las más industrializadas o en vías de serlo– produzcan carne. Ya no somos el “granero del mundo” en este revival del modelo agroexportador de cuño británico, sino que –en 17 millones de has., de las mejores tierras agrícolas del mundo– los argentinos (es decir 80.000 sojeros) no producimos alimentos sino “pasto-soja” para que China, India y la Unión Europea puedan criar de manera subsidiada –por los argentinos– a sus cerdos, aves y vacunos.


Fuente: ALBERTO JORGE LAPOLLA, Historiador, Ingeniero Agrónomo y Genetista

 
 
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