Medios El Punteño Edgar Fabían Ferrarelli ( clase 16, todos los derechos reservados)

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Germán Lucarelli trabajó con los mejores chefs del mundo. Hasta que a los 45 años se animó a abrir su propio espacio en Maine, en la costa este estadounidense, con sabores patagónicos y los secretos que aprendió en la cocina de su familia

“María Elena era mi abuela paterna, argentina, pero con raíces italianas. Sus recetas inundaban la cocina de olores, a veces llegaban hasta la vereda. Hacía tortas y las vendía en la vereda de casa. Elena, la madre de mi mamá, era costurera, aunque hacía los mejores guisos y pollo a la sal que comí”, recuerda el chef Germán Lucarelli (47) que empezó a jugar a ser cocinero con apenas 16 años como un ritual familiar.

Germán no estudió gastronomía. No existía esa carrera, pero tampoco lo hubieran dejado. “Terminé el colegio, me fui a vivir a lo de mis tíos en Belgrano, y me anoté en la carrera de Arquitectura en la Universidad de Buenos Aires. Todos querían un hijo y sobrino con título universitario”, dice a Infobae desde Maine, Estados Unidos, donde ahora tiene dos exitosos restaurantes: The Ports of Italy, de pasta artesanal, y The Lost Fire BBQ, Patagonian Grill, especializado en asado patagónico.

“En mis tiempos libres, para tener plata en el bolsillo, mientras estudiaba arquitectura, trabajé de lavacopas en un restaurante de Belgrano: Riazzoli. Me enamoré de ese mundo, era donde me había criado. Al poco tiempo, tenía cada vez más responsabilidades. Ahí me surgieron las dudas y tuve un replanteo de mi vocación. Antes de empezar tercer año de la facultad, dejé todo para vivir de lo que me hacía feliz: cocinar para otros”, recuerda.

Esta decisión de vida no fue fácil, lo sufrió. ”Mis tíos me pidieron que me fuera de la casa, porque ya no tenía sentido seguir viviendo con ellos si no iba a capacitarme. Recuerdo que mi tía Ana me dijo: ‘¿Cómo vas a ser cocinero? ¿Querés pasar toda la vida preparando milanesas con papas fritas?’. Les sonreí y les dije: ‘Sí, ¡porque van a ser las mejores!’”.

Con una meta clara, se mudó al microcentro porteño: “Me alquilé una habitación en una pensión. Para mantenerme hice delivery en distintas cadenas de comidas rápidas y restaurantes. De a poco, me iba metiendo en el oficio heredado”.

Al poco tiempo, le surgió una gran oportunidad que cambiaría su destino laboral: “Me ofrecieron hacer temporada en Las Leñas, junto a Carl Emberson, un gran empresario hotelero”.

A partir de esa experiencia vinieron otras por el mundo. Estuvo en Asunción, Estambul, Marbella, París y Londres hasta llegar a los Estados Unidos. “Tuve los mejores mentores, grandes maestros como el Gato Dumas y Martín Berasategui, ganador de varias estrellas Michelin, entre otros”.

Con 34 años, Germán desembarcó en Miami, sin hablar inglés. Tenía una valija y 600 dólares en el bolsillo. “En Palm Beach no tuve problemas con el idioma, pero sabía que si quería progresar tenía que estudiar. Me anoté en un curso en la Universidad de Columbia y conocí a mi mujer, Caren. Al poco tiempo nos separamos, pero tuvimos un hijo: Nicolás”.

-¿Cómo llegás a Maine?

-Después de tantas experiencias internacionales, de la mano de reconocidos chefs, mi amigo y socio Sante Calandri me incentivó a lanzarme solo. “Es hora de que tengas tu propio lugar”, me insistió.

-¿Por qué Maine?

-Es una zona muy parecida a la Patagonia argentina, con la montaña, los lagos, los árboles. En mi tiempo libre salgo a recorrer los paisajes en moto. Después del estrés de años en cada cocina, acá encontré tranquilidad. Así que en 2015 abrimos juntos The Ports of Italy en Kennebunk, Maine.

-¿Cómo fue la experiencia de finalmente tener tu restaurante propio?

-Muy buena. Venía gente de todos los Estados del país, incluso Canadá. La comida era 100% italiana, como la que había aprendido de mis abuelas, especialmente la paterna. Todos los viernes hacía ojo de bife con chimichurri, me decían que tenía que abrir algo argentino. Busqué un espacio, y me lancé con The Lost Fire BBQ, Patagonian Grill.

-¿Otro éxito?

-Mejor aún. No quería usar gas en la cocción, hacemos todo a leña o carbón. La carne argentina es muy requerida, los clientes aman la carne con un toque latino. Abrimos cinco noches a la semana, con lista de espera. Tengo lugar para 130 personas.

-¿Cuánto facturás?

-En un año 1.7 millones de dólares.

-¡Una barbaridad! ¿Precio promedio por cubierto?

-55 dólares.

-¿Dónde quedó eso que te dijo tu tía Ana de “cómo vas a ser cocinero”?

-Miro para atrás, veo un camino hecho con mucha honra y determinación. Un camino lleno de experiencias inolvidables y con sabor amargo por el desarraigo. Antes de fallecer, mi tía Ana me reconoció todo el esfuerzo y su orgullo.

-¿Qué pensás que te dirían tus abuelas?

-María Elena murió hace años. Creo que estaría feliz, con ella compartí muchas tardes de cocina. Como pastelera amateur, con la plata de las ventas le compraba regalos a sus nietos. Elena, mi abuela materna, llegó a conocer mi primer restaurante. Dos semanas antes de la apertura de Lost Fire falleció; iba a venir a compartir el secreto de su chimichurri que era un éxito.

-¿Cuesta más emprender en el exterior?

-Estados Unidos te abre las puertas. Yo vivo el desarraigo. Ojalá estuviera mi padre aquí, pero bueno, él en Hurlingham y yo en Maine. Esta es la parte más dura: extraño mi país, mi familia y la buena gente.

Fuente: Infobae

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