San Luis Informa 11 mayo 2022

Gabriela Ricci y Pieter Pretorius son anfitriones en Complejo Siyabona, un lugar encantador donde las habitaciones son como chozas rondavel.

“Yo integraba el staff de bailarinas y Pieter servía tragos en la barra”, cuenta Gabriela Ricci después de acomodarnos en nuestra habitación del Complejo Siyabona, en El Trapiche. Estamos sobre las sierras Grandes de San Luis, y si no fuera por la historia que se lanza a contar la dueña del lugar, no se entienden qué hacen acá estas geniales y comodísimas habitaciones que imitan las chozas tipo rondavel sudafricanas.

 

Hija de una rosarina y de un cordobés, Gaby nació y pasó su infancia en Estados Unidos, junto a sus dos hermanas y sus padres. “Volvimos en 1984 y por problemas pulmonares de mi mamá, nos instalamos en estas sierras de San Luis. Acá el clima es favorable. En El Trapiche terminé el secundario y me fui a estudiar danzas a Buenos Aires. Desde los cinco años que bailo. Además, soy profesora de educación física”, relata Gaby, que en el 2001 se postuló y entró como moza a servir bebidas en un crucero trasatlántico.

 

¿Pieter? Nacido en Richardbay, al noreste de Sudáfrica, vivió en su ciudad natal hasta los 19 años. “Allá para estudiar una carrera universitaria hay que pagar”, cuenta en español, con fluidez, pero con acento. “Entonces me fui a Inglaterra para formarme en ingeniería química, y para costearlo trabajaba en hoteles, que te dan alojamiento y comida gratis. Luego me dediqué a los fertilizantes en granos, pero me aburría mucho. No me gustaba estar todo el día frente a la computadora. Entonces me enteré que un crucero de Disney buscaba gente, apliqué y me tomaron”, agrega Pieter, que tenía experiencia en hospitalidad por su pasado en hoteles.

Gaby llevaba cuatro años en los cruceros de Disney cuando conoció a Pieter. Fue en el Wonder, que recorría las Bahamas. Corría el año 2005. Ella tenía 35 y él, 29. “En este tipo de cruceros tenés gente de alrededor de 50 nacionalidades diferentes. El intercambio cultural es un valor que buscan al contratarnos. Yo tenía muchos amigos, había tenido algunas historietas, pero nada como lo que me unió a Pieter”, rememora Gaby con picardía y confirma que sí, que es como en las películas, en los cruceros hay muchas historias de amor.

 

“Estás trabajando en un barco donde además vivís. ¡No tenés mucho lugar para escapar!”, acota Pieter entre risas sobre ese romance que empezó como cualquiera, entre un chico del bar con una bailarina, pero que siguió con una experiencia extrema. “Apenas empezamos a salir hicimos algo fuerte… Ni bien tuvimos un día libre en un puerto, le propuse tirarnos en paracaídas. Resultó increíble”, cuenta Gaby, que en las presentaciones de Disney dentro del barco bailaba, aparecía también como “peluche” y que por suerte nunca tuvo que actuar en los roles principales de princesa… “Me gustaba broncearme”, dice.

 

“Cuando te subís a un crucero en general firmás contratos de seis meses. Trabajás todos los días de la semana y no tenés mucho descanso. Es una calesita. Lo bueno es que ahorrás, porque te dan cama, comida y no gastás”, señala Pieter sobre la vida abordo, que una vez que los encontró en pareja, siguió con un viaje juntos a Sudáfrica, y luego a San Luis, para conocer a las familias de ambos. La cosa se había puesto seria. “En el año 2006 dejamos de hacer cruceros y nos dedicamos a atender pasajeros en yates de millonarios. Pieter tenía conocidos que estaban en ese rubro. Eramos azafatos, atendíamos en el bar y hacíamos un poco de todo”, relata Gaby que ya a los 37 empezó a escuchar a su mamá, que la incentivaba a comprarse un terreno en las sierras.

 

“Queríamos tener hijos y me gustaba San Luis para vivir. Volver a Sudáfrica no era una opción. Es muy peligroso”, asegura Pieter, que había perdido a sus padres, y se había entusiasmado con El Trapiche. Así fue como en 2009 compraron el terreno donde ahora se levanta Siyabona, pero lo hicieron con la intención inicial de invertir. No sabían bien qué iban a hacer. “Cuando nos dieron la luz, pusimos una carpa y nos vinimos”, agrega Gaby sobre los inicios del complejo, que pronto tomó como inspiración las chozas rondavel sudafricanas, pero pensadas para recibir parejas en plan de relax, como habían visto en El Caribe. Las inauguraron en 2013. Pero antes, en 2010, llegó Mikael Andrés Stefano, el hijo de la pareja, que le debe su nombre a los orígenes de su papá y que, al igual que el complejo, es muy puntano y otro poco africano.

 

 

Ana van Gelderen La Nación